Mensaje del escritor cubano Jaime Hernández Blanco en el Día Internacional del Libro Infantil en el Jardín Ecológico (calle Mercaderes, Habana Vieja) durante la Fiesta Infantil del Libro 2025 en las Aulas Museos, dedicada al 220 natalicio del escritor danés Hans Christian Andersen.
DE ABUELOS, LUNAS Y RECUERDOS EN LAS NOCHES
La Habana, 2 de abril de 2025
A nuestro Hans Christian Andersen
(también a nosotros, los que todavía disfrutamos de sus cuentos):
Siempre he escuchado que cuando una obra se hace con amor y en ella se pone mucho de empeño y dedicación, esa obra se convierte en arte que trasciende tiempos y fronteras. Precisamente,eso es lo que ha pasado con la obra de Hans Christian Andersen: ¡Es inmensa!
Sobradas son las razones que me llevan a decirlo porque… quién iba a imaginar que hoy, a 220 años de su advenimiento, cuando el mundo se ve asfixiado por la digitalización, los realities shows, los videos juegos…orgullosos miramos a algún que otro niño con libros que llevan en sus páginas historias tan fantásticas como las que salieron de su pluma. Es que la vida es así: ¡Nos asombra en cada segundo!
Y llegan a mi mente los años de aquella niñez, en la que, durante las noches cuando la luna asomaba por detrás de las matas de almendras, me sentaba, junto a mi abuela y mi hermana, a escuchar historias narradas por abuelo.
Como sacada del sombrero de un mago, la casa comenzaba a oler a jazmín, arroyo desbordado, monte humedecido por la lluvia…, al aroma limpio del campo. Ante mí, como si me transportara a otros mundos, iban apareciendo casas embrujadas, güijes, chichiricús, brujas…y hasta el hombre sin cabeza y el aparecido de la mata de mango –quienes, para aquel entonces, eran espantosas criaturas de las que nunca había escuchado hablar.
También, por su oficio de leer o contar leyendas, a veces aprendidas de memorias, conocí de hadas y de valientes caballeros que se enfrentaban a dragones para liberar a las princesas encerradas en un castillo abandonado.
De igual forma, como en un gran libro de cuentos, por la sala de la casa transitaron el patito feo (al que vi convertirse muchas, pero muchas veces, en cisne), Pulgarcita, el sastrecillo valiente, la sirenita, el soldadito de plomo, la Reina de las nieves, y muchos más, los que fueron encontrando cobijo en un rinconcito de mi imaginación.
Comprendí, entonces, que hay momentos en los que el corazón comienza a volar. Yo sentí ese revoleteo por todo mi cuerpo, y supe, además, que estaba en el lugar en que debía estar: allí, escuchando, muy quedo, sus historias.
Aunque nunca pregunté, siempre me rondaba una interrogante: ¿de dónde abuelo sacaba aquellos cuentos tan bonitos y sorprendentes? En aquel entonces, era muy pequeño, y feliz con el solo hecho de sentarme cada noche a escucharlos.
Pero una vez –ya había transcurrido algún tiempo–, descubrí un cajón que le pertenecía. Al abrirlo y, para asombro mío, saltó a la vista una colección de libros de cuentos, entre estos se destacaban los de Hans Christian Andersen. Abuelo los resguardaba como a un gran tesoro.
En aquel instante, comprendí que, a pesar de cargar muchos años encima, abuelo también fue un fiel lector de sus historias, defensor de sus personajes. Desde entonces, comencé una incesante lectura de esos libros que él, nuestro Príncipe de los cuentos, creó para el disfrute de todos.
Más de cuatro décadas han transcurrido de aquellas noches, y con seguridad puedo afirmarles que hoy me fascina el arte de escribir.
Escribir para ustedes, los niños, a quienes regalamos nuestro arte. Y para que mantengan viva la llama de los cuentos, esos que durante las noches salen en voz de los padres o abuelos, se me ocurre regalarles este poema escrito hace pocos años:
La noche danzará
sobre las tejas
no trates de impedirlo,
abre tus puertas.
Colgará en la ventana
su luna llena
y el rocío caerá
como goteras.
Cuando la noche acampe
bajo la almendra,
mécete en el sillón
de nuestra abuela.
Sentirás el olor
a hierbabuena
y el del musgo al crecer
sobre las piedras.
Me adentro en la profundidad de estos versos y aún me llega el aroma de aquellas noches de leyendas en las que la sabiduría que tenía mi viejo al relatar, me hizo apretujar aún más junto a mi pecho las extraordinarias historias que nos dejó Hans Christian Andersen.
Ahora, que las canas han circundado mi rostro, les hago llegar a ustedes, pequeños lectores, aquellos momentos repletos de leyendas que calaron en mí, porque sé que al igual que yo, las suyas,serán contadas a sus nietos, y a los nietos de sus nietos… para que ese gran tesoro de escuchar a los abuelos narrar o leer cuentos nunca muera.
Entonces, me aferro a que mi abuelo tenía algo de Hans Christian Andersen. Me aferro a no dejar marchar a ninguno de los dos. No pueden abandonar sus trillos llenos de fango, sus palomas blancas, sus aves domésticas, sus casas de madera con techos de guano, sus castillos embrujados…, y nosotros, incluyéndolos a ustedes, queridos niños, tampoco podemos renunciar al recuerdo de una infancia donde, en cada cuento, se nos encienda, dentro, una lumbre; luz tibia que nos lleva a ser buenos en la vida.
Pensemos, entonces, que en las noches,cuando la luna nos llegue quieta y ponga silencio a la altura de las ceibas y algarrobos, para que en cada hogar no falten historias que merezcan ser narradas antes de dormir, nos sentemos al borde de la cama y comencemos a contar una. ¡Cualquiera! No importa la que sea. De esa forma, renacerán cerca de las estrellas muchos abuelos que se tomarán de las manos del Príncipe de los cuentos. Y como si de un solo personaje se tratase, los veremos besar la luna, acariciarla, abrigarla…, arrullarla a la medida exacta de su geométrica redondez. Solo así, cada rayito de luna que penetre en las noches por las ventanas nos regalará la magia que habita en los cuentos.
Jaime Hernández Blanco